19 febrero 2010

El flúor nos está matando











Todos sabemos que un ingrediente muy común de la clásica pasta de dientes es el flúor. A algunos, yo me incluyo, incluso nos daban flúor en ampollas en el colegio. En algunos paises como Estados Unidos, Holanda o Reino Unido se suministra a la población agua fluorada que sobrepasa la cantidad máxima recomendada de flúor, establecida entre 0,5 y 1 partes por millón (en Japón el límite se establece en 0,15 ppm). Pero la población en general no conoce el origen de este aditivo, que no es realmente flúor (un gas sumamente venenoso) sino fluoruro de sodio.

En los años treinta un científico llamado Gerald J. Cox ofrecía una gran noticia: añadir una cantidad controlada de fluoruro de sodio en el agua potable suponía un notable beneficio en la salud dental, sobre todo en los niños. Lo que nadie sabía era que el estudio realizado por el tal Cox había sido financiado por ALCOA, una de las mayores compañías de fabricación de aluminio del mundo, y que el supuestamente beneficioso ingrediente era el principal residuo tóxico (y por lo tanto el principal problema) derivado de dicha fabricación. En 1939 la fluoración del agua en Estados Unidos era una realidad.





Pasarían muchos años hasta poner en entredicho las bondades del flúor, ya que ALCOA y el resto de fabricantes de aluminio dedicaban parte de sus fondos a mantener un nivel suficiente de desinformación entre la población.

A partir de los años ochenta comenzaron los mayores estudios sobre los efectos de la sustancia en el organismo, llegándose a desagradables conclusiones:

FluorosisEl flúor suministrado tenía la capacidad de transformar las células normales en cancerígenas.

Provocaba fluorosis osea, un trastorno que aumenta la fragilidad de los huesos.

No solo no mejoraba la salud bucal, sino que producía fluorosis dental, el equivalente en los dientes de la fluorosis osea.

Y la más inquietante, era capaz de alterar el comportamiento.

En efecto, durante la segunda guerra mundial los alemanes suministraron agua fluorada en los campos de concentración para mantener aletargados a los prisioneros y evitar así revueltas o motines. Su fabricación corrió a cargo de la misma empresa que desarrollaba el gas utilizado para las ejecuciones masivas. Es curioso observar que dicha empresa, I. G. Farben, mantuvo antes y durante la guerra acuerdos multimillonarios con importantes empresas y personalidades norteamericanas como la Ford y, casualmente, la familia fundadora de ALCOA.

También resulta sospechoso que la primera ministra británica, Margaret Thatcher, decidiese triplicar la cantidad de flúor en el agua suministrada al Ulster. Su objetivo pudo haber sido una reducción de la violencia.

Y es inquietante saber que unos 60 tipos de tranquilizantes actuales (como el famoso Valium) llevan, en mayor o menor medida, fluoruro de sodio en su composición. También es común encontrarlo en insecticidas y mata ratas.

Esta escalofriante realidad se encuentra reflejada en el libro "Mentiras Oficiales", de David Heylen, donde se demuestra que la mentira y la desinformación son moneda común en muchos gobiernos, que anteponen sus propios intereses a los de la sociedad que representan.



(fuente:http://www.telurica.com)